«En esta sociedad de la obligación, cada cual lleva consigo su campo de trabajos forzados.»
— Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio
Han es filósofo, pero su obra me inspira para poder comprender, desde la psicología, lo que observo que sucede en la vida de muchas personas. Sus pensamientos nos ayudan a entender qué nos pasa que ya no necesitamos que nos exploten porque el sistema tiene mecanismos suficientes para lograr que lo hagamos nosotros mismos. Al conectar con su obra pensé en toda la gente que conozco que no sabe amarse, que eso implica saber cuidarse y así limitar las exigencias que se autoimponen. Veo como muchas personas que viven disponibles para los demás. Que se exigen sin descanso y se siente culpable cuando deja de ayudar o apenas se animan a alejarse un momento para respirar un poco. Personas que abusan de sí mismas sin siquiera poder tomar conciencia de ello.
¿Cómo llegamos a auto explotarnos de esta manera tan cruel? Las causas son complejas, tanto que quizás no deberíamos llegar a conclusiones definitivas con ligereza. Necesitamos abordar el tema en profundidad e investigarlo en nosotros mismos, desde las razones biográficas personales que nos llevaron a no tratarnos bien, hasta el impacto que tienen en nosotros las causas sociales, de raíces ancestrales, que están tan arraigadas y son tan viscerales e inconscientes. Creo que la psicología de hoy necesita ayudarnos a dejar de culparnos por todo —incluso por maltratarnos— y, en su lugar, comprendernos y hablarnos con compasión, porque la compasión es el antídoto del sufrimiento, el remedio para sanar la relación de abuso que establecemos con nosotros mismos.
Lo que describe Han es una sociedad que ya no nos manda nada desde afuera —que no nos dice “debes”, como sucedía y sucede aún en sociedades autoritarias— sino que nos llena de un “debo” que llevamos puesto a todas partes. Y lo más inquietante de su imagen es que, en ese campo de trabajos forzados que habitamos, somos a la vez el prisionero y el guardia. Nadie nos vigila: nos vigilamos solos. Nadie nos castiga: nos castigamos solos.
Cuando llevo esa idea a mi terreno —el de la consulta, el de los vínculos personales— veo algo que se repite una y otra vez. No ponemos los límites que necesitamos poner.
Abusan de nosotros, y nos parece natural. Resolvemos los asuntos de otros que no nos corresponden. Ni siquiera nos damos cuenta de que nos están lastimando.
Lo veo todo el tiempo en muchísimas personas. Alguien llega contando su semana y, en el relato, aparece sin nombrar la auto explotación: el hijo que le habla mal y ante quien se queda en silencio, el jefe que le suma tareas un viernes a las ocho de la noche y a quien igual le responde que las va a hacer, el amigo que solo aparece cuando necesita algo, el conocido que llama para preguntarle cómo está y termina hablando de sí mismo… y así en tantas otras situaciones. Cuentan todo como si fuera natural, no como algo que no está bien. Expresan lo que les sucede con un dolor que ocultan, pero aceptan el maltrato creyendo que las cosas son así, sin darse cuenta no solo de que no deberían ser así, sino que, además, podrían no serlo.
Y ahí está lo más difícil de ver: el límite al avasallamiento que no se puso ni siquiera se registra como omitido y necesario. ¡No es que lo pensamos y no nos animamos… es que ni llegamos a saber que es necesario! El maltrato se volvió —o siempre fue— parte del paisaje de la vida humana. Nos vamos pasando de unos a otros la herencia de normalizar la dinámica del “explotador y el explotado”.
Hay una confusión que me parece central, porque es la que sostiene todo lo demás.
Confundimos poner energía en ser compasivos con permitir que nos pasen por encima.
Como si fueran lo mismo. Como si decir que sí a todo, estar siempre, no fallarle nunca a nadie, fuera la prueba de que somos buenas personas, de que solo por permitirlo todo podemos ser aceptados y amados.
Pero no es lo mismo. Dar desde el corazón nutre —a todos. Dar desde la obligación, desde el miedo a no ser querido, desde la culpa, desde el miedo a ser rechazados, vacía. Y cuando esa entrega vacía se vuelve costumbre, dejamos de distinguir entre generosidad y abuso. Empezamos a llamar “amor” a algo que en
realidad nos está encarcelando y sometiendo.
Si alguien de afuera nos impusiera ese trato, lo veríamos enseguida; incluso haría que protestáramos contra ello. Lo que vuelve invisible el maltrato es justamente el mensaje oculto en nuestro inconsciente, que cargamos como si fuera elección propia. "Es lo que debo hacer", "no es para tanto". El carcelero que llevamos adentro tiene siempre una buena razón para no dejarnos en libertad.
Vivimos argumentando interiormente: “él o ella la está pasando mal”, “es mi familia”, “son mis amigos de toda la vida”. Pasa en las familias, donde el cariño se confunde con la obligación de aguantar. Pasa en los trabajos, donde la entrega se confunde con no tener derecho a parar. Pasa entre amigos, donde la disponibilidad se confunde con la entrega, en pos de querer ser incondicionales. Y en todos esos lugares, la misma pregunta queda sin hacerse: ¿esto que estoy permitiendo me hace bien?
El trabajo no empieza por aprender a decir que no; a veces nos cuesta hacerlo, justamente, porque no aprendimos a tiempo. Consiste, más bien, en darnos cuenta, en tomar conciencia de cuánto estamos sufriendo y de que ese sufrir es innecesario. En recuperar la percepción de que algo duele, de que algo no está bien, de que esto que llamo "normal" y que creo que me hace bien, en realidad me daña. El primer trabajo es dejar de naturalizar y justificar lo que daña.
Esa percepción es un acto de compasión hacia uno mismo, que no es lástima, sino el poder decirnos: “estoy sufriendo y necesito terminar con esto”. Ese acto compasivo no es el más blando, ni es ser condescendientes con nosotros, sino el más amoroso y sanador. Es dejar de ser el propio guardián implacable. Es soltar los hábitos enquistados de automaltrato, el látigo que veníamos usando contra nosotros, aunque sea de a poco.
Y recién desde ahí, desde ese amor por nosotros recuperado, el límite deja de ser un acto de egoísmo o de dureza. Se vuelve lo que siempre fue: la manera de salir de ese campo de trabajos forzados que tantas veces creímos que tenía que ser, simplemente, nuestra vida.
— Fanny Libertun