Cómo transformar la ira que nos consume en una fuerza que nos mueve — en lugar de ahogarnos en ella.
Cualquiera puede enojarse, pero hacerlo con la persona adecuada, en la medida adecuada, en el momento adecuado, con el motivo adecuado y de la manera adecuada, no es algo para todos, ni tampoco es fácil.
— Aristóteles
Cada vez más tomo conciencia que siento el corazón apesadumbrado. A veces creo que no tengo la suficiente capacidad para digerir todo lo que hoy acontece en el mundo. La consecuencia directa de sentirme así es el agobio y una tristeza que me inunda hasta el punto de quitarme las ganas de seguir luchando por lo que considero valioso. Me veo a veces esforzándome para no hundirme en el enojo frente a tanta... ¿Cómo decirlo?... frente a tanta estupidez y a tanta crueldad desembozada.
Muchas veces tengo un terrible sentimiento de culpa cuando me lleno de ira y me indigno hasta abrumarme, porque yo sé muy bien que sentirme así no me va a llevar a resolver ningún problema. O sea, me indigno y luego me siento mal porque me indigno, y esto no es algo que haga conscientemente. Me digo y me repito: «No debo albergar ira en mi corazón porque puedo caer fácilmente en el odio», «Debo estar dispuesta a percibir la ira del adversario, pero no a devolverla», «Si caigo en la indignación, no vuelvo más a mi eje de cordura», «Si me supera la ira me debilito, y esto es exactamente lo que buscan aquellos a los que identifico como oponentes», «No debo amargarme. No importa lo que suceda, debo mantener la calma». Pero, en fin, me digo muchas cosas que olvido cuando me arrasa el mundo con sus irracionalidades.
¿Cuándo la indignación deja de ser útil y empieza a hacernos daño?
La indignación puede ser una chispa necesaria: nos despierta, nos mueve, nos empuja frente a
la injusticia. Pero cuando se instala como estado permanente, deja de iluminar y comienza a
quemar. Es un veneno que creemos lanzar hacia afuera y que, sin darnos cuenta, bebemos
nosotros.
Cuando el enojo se vuelve la única respuesta, se convierte también en una forma de separación: nos aleja de los otros y nos arranca del contacto con la Vida, el Amor, la Belleza y la Verdad. Y ahí, al menos para mí, todo empieza a parecer irremediablemente perdido.
Aprendí que no hay ganancia posible en un camino de una sola dirección, regado de furia y dolor. Solo deja un desgaste silencioso, una erosión lenta de nuestra capacidad de sentir amor y compasión… o sea… una disminución de nuestra salud emocional y mental.
Qué le hace la indignación crónica a nuestra salud
La indignación crónica se traduce en muy variados síntomas en todas las esferas de nuestra vida: estrés excesivo, ansiedad, desesperación, depresión, impotencia, pensamientos inútilmente negativos, resentimiento, aislamiento social, miedos excesivos, tensiones musculares, problemas digestivos, inmunodeficiencias, entre otros.
Qué podemos hacer con la indignación para que no nos destruya
En lugar de quedarme rumiando alrededor de las noticias, aunque las escucho, a continuación, intento ir a la acción en todos los aspectos en los que me es posible hacerlo. Creo que todos somos indispensables ahora. Cuidar de una mascota, escuchar con atención a los demás, reunirnos, usar las redes de forma luminosa, conectarnos con el amor e investigar aquello que nos aleja de él — conocernos a nosotros mismos.
En vez de estar constantemente enfocada en lo negativo y oscuro de la vida, algo que es tendencia en nuestros días, respiro profundo y recuerdo que la oscuridad no lucha contra la luz, simplemente «está ahí». Una sola vela no lucha contra una oscuridad que parece invencible, simplemente brilla y la inunda.
Conocerse a uno mismo es vital.
Casi todos hemos sufrido por acumular ira por las múltiples maneras en que el sistema nos ha hecho sentir inferiores. Esta ira se construyó gradualmente, por una humillación tras otra. Recordemos que la ira nos permite despertar para que podamos comprometernos con los problemas, pero el ego y sus heridas nos mantendrán en los problemas.
Ahora, más que antes, necesitamos cultivar prácticas de autocuidado: meditación, una contemplación penetrante de la realidad, autoconocimiento honesto, buena respiración y alimentación, actividad física, bailar, cantar. Podemos darle la bienvenida a cualquier cosa que nos haga bien.
Finalmente, aunque a veces parezca que estamos retrocediendo, no olvidemos lo que la experiencia humana compartida a lo largo de los siglos nos ha enseñado, tanto acerca de la crueldad como del amor. Existe una fuerza silenciosa capaz de mover montañas, que surge cuando la indignación, lejos de vivirse en soledad, se transforma en coraje compartido y en compromiso con una causa beneficiosa para todos. Al transformar el dolor en amor, lo que parecía inamovible se vuelve posible. La historia nos recuerda, una y otra vez, que la indignación bien encausada deja de desgastarnos por dentro y puede convertirse en un gesto colectivo de transformación. De este modo, deja de ser carga y aislamiento, y se convierte en una fuerza que ilumina el camino, mueve corazones y abre puertas hacia el cambio.